CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Para la búsqueda de los restos de Jael Monserrat Uribe Palmeros, desaparecida en Iztapalapa en 2020, el gobierno de la Ciudad de México montó un despliegue de autoridades en el Ajusco que terminó por evidenciar la improvisación para atender el problema de las personas desaparecidas en la capital del país.
Durante tres días, entre el lunes 27 y el miércoles 29, el gobierno de la ciudad hizo un “operativo de búsqueda” por parte de autoridades administrativas y judiciales, acompañadas de un nutrido equipo de comunicación gubernamental, en el paraje conocido como Llano de Vidrio, ubicado entre las faldas del volcán Ajusco y el volcán Malacatepec.
Funcionarios del gobierno central, entre los que estuvieron empleados de la Secretaría de Gobierno, de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México (FGJCDMX) y de la Comisión de Búsqueda de Personas Desaparecidas local, acudieron al lugar en donde la madre de Jael Montserrat encontró los primeros restos de su hija en noviembre pasado, después de cuatro años de indagatorias, rastreos y hurgar en esa zona del sur de la ciudad.
De no ser por la guía de los colectivos de buscadores, provenientes de diferentes estados, los funcionarios capitalinos, que tuvieron el cobijo de la seguridad proporcionada por el gobierno federal, habrían regresado sólo con los zapatos llenos de tierra.
Aunque la jefa de Gobierno, Clara Brugada, no ha emitido una declaración en la que reconozca la existencia de una crisis por desaparición de personas en la capital, su administración ya tuvo que encarar a las víctimas indirectas de esta problemática.
Para abordarlo, la mandataria propuso la creación de un “gabinete especial”, pero los afectados se dicen inconformes con la respuesta e identifican una tendencia institucional a hacer frente a la situación con una estrategia política que no se refleja en acciones concretas.
“Ya se acostumbraron a que les hagamos su trabajo”, son las palabras de la madre buscadora. Tiene claro que los familiares no deberían asumir la tarea de buscar a sus desaparecidos, pero en México los colectivos de buscadores son un fenómeno que nace de la inconformidad que genera la actuación de las autoridades y la urgencia por localizarlos.
En la CDMX, Jaqueline Palmeros encabeza el colectivo Una Luz en el Camino, cuya consigna es: “¿Por qué los buscamos? Porque sólo nosotros los encontramos”.
El Estado queda debiendo
Cuando compartió con la prensa que habían sido identificados algunos de los restos de su hija, Palmeros también anunció su plan de regresar a Llano de Vidrio para encontrar la mayor cantidad posible de huesos y dar una digna sepultura a la joven desaparecida en Iztapalapa, desde 2020: “Hasta la última falange, el último diente”.
Con ese antecedente, el gobierno de la ciudad comenzó a abordar el tema de las desapariciones en su agenda, incluso Clara Brugada lo incluyó, aunque de manera superficial, en su discurso de rendición de cuentas por los primeros 100 días de su administración.
Entonces, el lunes 27 de enero comenzó la búsqueda dedicada a Uribe Palmeros y las autoridades capitalinas se hicieron presentes durante los tres días con un despliegue de servidores públicos que presumieron como importante.
El titular de la Comisión de Búsqueda de la Ciudad de México, Enrique Camargo, acudió acompañado de representantes de la Secretaría de Gobierno (Segob), la FGJCDMX, la Comisión de Búsqueda Nacional (CBN), el Heroico Cuerpo de Bomberos, la Comisión de Recursos Naturales y Desarrollo Rural (Corena), así como elementos de la Guardia Nacional, la Marina y la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena). Además, se sumaron miembros de la Brigada de Paz Marabunta, activistas de la sociedad civil, periodistas y otras familias buscadoras.
Cada día, más de 100 personas participaron en las búsquedas, pero la mayor parte del esfuerzo recayó en las madres buscadoras que llegaron desde diversos estados como Sonora, Tampico, Veracruz, Querétaro, Tamaulipas y el Estado de México. Estas mujeres utilizaban las líneas de vida instaladas por Marabunta para bajar por la ladera donde se habían localizado los primeros restos de la joven. Estuvieron mejor preparadas, organizaban el trabajo, aceleraban los procesos, supieron remover la hojarasca con más cuidado, eran más escrupulosas, mostraban una técnica y conocimientos superiores.
A su lado, Marabunta, los bomberos y Corena apoyaban el trabajo, mientras que los oficiales de la Policía de Investigación (PDI) y Enrique Camargo funcionaban principalmente como observadores. Así, se hizo evidente que aunque hubo una respuesta política activa, la actuación en el terreno dejó mucho que desear.
“Nos queda a deber mucho el Estado”, afirmó Jaqueline Palmeros sobre la actuación de las autoridades.
La ausencia de funcionarios en el terreno no sólo refleja su falta de disposición para ensuciarse las botas, sino que también es un indicativo de la falta de voluntad para mejorar las búsquedas. Según la madre buscadora, es necesario que se involucren directamente en las tareas para identificar las carencias en herramientas, personal, compromiso y humanización.
Enfrentan, además, la hostilidad del ambiente. En el Ajusco, las condiciones remarcan la urgencia que existe por aplicar otro tipo de tecnología que controle el depósito de cuerpos en la zona, como la instalación de arcos identificadores de placas.
Otro problema evidente es la cobertura limitada del terreno. En la búsqueda de Jael Monserrat, se abarcaron sólo 60 metros cuadrados, una extensión insuficiente considerando el tamaño del terreno boscoso que rodea la zona. Camargo reconoció que el Ajusco es vasto y que, a pesar de los esfuerzos, las capacidades de las autoridades no lograron abarcar más áreas de búsqueda.
Jaqueline Palmeros también se pronunció sobre la enorme extensión de tierra que queda sin registrarse: “Hoy sé que en este espacio que mis compañeros, solidarios e instituciones presentes trabajaron, no está un pedacito de mi hija, pero me voy incompleta, me voy incompleta porque hace falta mucho y en ese mucho puede estar cualquiera de los hijos o de los hermanos de mis compañeras. Necesitamos seguir trabajando en búsquedas generalizadas, que no sólo busquen a Monse, sino a todos los que nos hacen falta”.
La jornada de búsqueda no fue efectiva, únicamente se localizaron restos que, sin evidencia técnica de por medio, fueron catalogados por los peritos antropólogos como de animales, 17 casquillos de distinto calibre, ropa, juguetes y credenciales, entre ellas, la de un niño de primaria.
Enrique Camargo, quien asistió durante dos días y se negó a dar entrevistas, aseguró que "hicieron el mejor de los esfuerzos".
La valoración de Palmeros fue opuesta: “Si ustedes pudieron observar, quienes estaban trabajando abajo eran las familias y los solidarios. Los funcionarios estaban en lo que les resultaba más cómodo. Incluso Corena estaba allá arriba, y eso no se vale. El día que vea a un fiscal o un comisionado ensuciándose las botas, rascando la tierra, voy a decir, ‘se pusieron en nuestros zapatos’. Mientras eso no pase, nos siguen quedando a deber un montón”.
El Ajusco, sólo una de las fosas clandestinas
La organización del trabajo en la búsqueda no fue encabezada por un Camargo ni ningún otro funcionario. Fue la buscadora Yadira González la encargada de establecer la estructura con la que se trabajó los tres días de búsqueda.
Yadira, que lleva 19 años buscando a su hermano Juan González Hernández, quien desapareció el 15 de julio de 2006, en una localidad del municipio de Corregidora, en Querétaro.
Yadira estuvo al pendiente del papel que desempeñaron todas las instituciones y tomaba decisiones de logística, por ejemplo, si una línea de vida se debía convertir en tirolesa para subir más rápido las cubetas de tierra que se cribaron. Constantemente subía y bajaba por la pendiente para preguntar a las madres qué hace falta, qué se puede mejorar.
En entrevista, lamentó la falta de recurso humano y material que se destina a las búsquedas de personas: “En un país como México, si las familias no salimos a buscarlos, no los vamos a encontrar jamás (...) nosotros deberíamos de ser observadores de los procesos, pero como no confiamos en el proceso institucional, por este letargo que tienen, pues entonces le entramos”.
Compartió que para profesionalizarse tomó talleres de rapel, nudos, primeros auxilios, antropología, arqueología, seguridad y hasta aprendió a “hablar el lenguaje de las instituciones”.
Yadira González no duda en confirmar la gravedad de la situación en el Ajusco: “Es una de las fosas clandestinas de la Ciudad de México, es uno de los focos rojos donde tiene que poner atención el Gobierno de la Ciudad de México para poder disminuir o erradicar la violencia en la ciudad, pero solamente es uno, hay más zonas de riesgo, de depósitos clandestinos”.
Y agregó: “Tiene muy poco tiempo que se hacen búsquedas en el Ajusco, yo esperaría que fuera una constante, es un lugar interminable, por las mismas condiciones climáticas, por la misma vegetación”.
González fue discreta y no mencionó qué otras zonas de la ciudad son utilizadas como depósitos ilegales de restos humanos: “Un chorro, al final, eso es parte de nuestro análisis de contexto, es un trabajo que hacemos las familias y si comparto esas zonas vulnera temas de seguridad para nosotros”.
El Llano de Vidrio, un lugar conocido por ciclistas y senderistas por sus hermosas vistas, nunca volverá a ser visto de la misma manera por Jaqueline Palmeros, pues no dejará de ser el lugar en el que removió la tierra para separar los huesos de su hija de la basura: “Se ha convertido en una zona de muerte, de terror, de hallazgos constantes; parece que las autoridades no nos escuchan”.
El 31 de enero, al grito de “¡Monse, escucha, tu madre esta en la lucha!” fueron despedidos los restos de Jael Monserrat Uribe Palmeros, durante una ceremonia frente a la Glorieta de la Mujeres que Luchan, sobre la avenida Paseo de la Reforma, donde se presentaron decenas de personas vestidas de blanco.
El féretro, cubierto de pétalos de rosa, fue sostenido por madres buscadoras mientras la cantante Vivir Quintana interpretó la “Canción sin miedo”.
Los asistentes colocaron una ofrenda con flores y cartas. Jaqueline Palmeros dio un mensaje en el que recordó la revictimización que sufrió en el proceso para localizar a su hija.
El 24 de julio de 2020 Monserrat Uribe Palmeros salió de su casa para dirigirse a una supuesta entrevista de trabajo, nunca regresó. Aunque su madre ya localizó sus restos, advierte que su lucha por la justicia continuará hasta que los culpables del feminicidio sean castigados.
Con información de proceso.com.mx