Vivimos en una era en la que el mensaje de "la felicidad está dentro de ti" se repite como mantra. Libros, redes sociales, gurús del bienestar... todos insisten en mirar hacia adentro, en priorizarte, en buscar tu propia paz sin depender de nadie. Y sí, hay una gran verdad en ello: nadie más puede decidir por ti cómo sentirte, y es esencial cultivar una conexión interna que nos dé estabilidad emocional.
Sin embargo, también es cierto que este enfoque, cuando se interpreta de forma individualista o egoísta, puede desconectarnos de algo fundamental: la felicidad también se construye en la relación con otros, empezando por tu familia, y extendiéndose como un acto de responsabilidad social.
La felicidad como un acto de amor y responsabilidad
Ser feliz no es solo meditar, ir al gimnasio, tener tiempo a solas o poner límites. Ser feliz también es cumplir con lo que decidiste amar. Ser madre, padre, hija, pareja, amiga, ciudadana o ciudadano implica compromisos que, cuando se asumen con amor, también nutren el alma.
Cumplir con tus responsabilidades, cuidar de tus hijos, ser presente en tu familia, crear experiencias significativas y compartir lo que eres y tienes, puede ser una de las mayores fuentes de paz. No porque debas complacer a todos, sino porque dar propósito a tu existencia también te conecta contigo.
Compartir: el lado luminoso de la felicidad
La felicidad no se agota cuando se comparte. Al contrario, se multiplica. Un desayuno en familia, una tarde de juegos con los hijos, un acto de ayuda a un desconocido, una conversación sincera... son momentos donde el alma se expande.
Entender que la felicidad también es crear bienestar a tu alrededor es un acto de madurez emocional. Cuando entiendes que tu bienestar impacta en el de otros, y viceversa, empiezas a vivir en un equilibrio más profundo.
Felicidad: ni solo adentro ni solo afuera
Sí, la felicidad comienza en ti. Pero florece cuando te haces cargo de tus responsabilidades, cuando eliges con conciencia cómo estar presente para los demás, cuando te das sin perderte.
Entonces, no se trata de elegir entre uno u otro extremo. Se trata de integrar: una felicidad que nace dentro, pero que se fortalece fuera.
Con cariño
Érika Rosas